Una historia para dormir secos (o mojados)
También en vídeo (lo tienes más abajo)
Para: Niños y niñas de 5 a 10 años sobre “La enuresis nocturna” (hacerse pipí en la cama).
Había una vez un niño llamado Leo. Leo tenía siete años, dos dientes de menos, y una colección impresionante de calcetines de colores. Leo era, en casi todo, un experto, como en saltar charcos sin salpicarse (bueno, casi siempre) y en construir torres de bloques más altas que su gato, Bigotes. Y, sobre todo, era un experto soñador.
Durante el día, Leo era el Capitán de la nave espacial “Sofá-Veloz”, viajando a Marte antes de la merienda. Pero cuando el sol se escondía y la luna salía redonda y brillante como una moneda de plata, Leo se convertía en algo diferente, se convertía en un tronco.
No un tronco de madera, claro. Se refería a que dormía tan, pero tan profundamente que, si hubiera pasado una banda de elefantes tocando trompetas por su habitación, se habría dado la vuelta y habría seguido roncando suavemente.
Sin embargo, había un pequeño problema con dormir tan profundamente. Un problema húmedo, tibio y un poco incómodo que solía aparecer justo cuando el sol empezaba a desperezarse por la mañana.
A Leo le pasaba “El Accidente”.
Casi todas las mañanas, Leo se despertaba y sentía esa sensación conocida. Su pijama, que al acostarse era suave y seco como una nube, estaba empapado. Las sábanas tenían una mancha oscura con forma de mapa de un país desconocido.
Al principio, Leo intentaba ocultarlo. Se hacía el dormido. O intentaba secar la sábana con el aire de sus suspiros (lo cual no funcionaba nunca). Se sentía pequeño, mucho más pequeño que sus siete años, y un poco triste. Si era sincero consigo mismo, un poco culpable.
—Ya soy mayor —pensaba Leo, arrugando la nariz—. Los niños mayores no mojan la cama. Bigotes no moja su cama. ¿Por qué mi cuerpo no me hace caso?
Una mañana de sábado, después de uno de esos “Accidentes”, su mamá entró en la habitación. Leo se tapó hasta la nariz, intentando esconder el mapa húmedo bajo el edredón.
Pero las mamás tienen un radar especial y no se enfadó. No gritó. Ni siquiera suspiró con cansancio. Simplemente se sentó en el borde de la cama (en la parte seca) y le acarició el pelo.
—Vaya, parece que el Lago de la Luna se ha desbordado otra vez —dijo ella con una sonrisa tranquila.
—Lo siento —susurró Leo—. No quería hacerlo. Estaba soñando que era un buzo y había mucha agua, y luego… simplemente pasó. Soy un desastre.
Su mamá negó con la cabeza.
—No eres un desastre, Leo. Eres un niño que crece. Y tengo un secreto que contarte. ¿Sabes por qué pasa esto? No es porque seas un bebé, ni porque seas perezoso. Es porque tienes un “Súper Poder de Sueño Profundo”.
Leo asomó la nariz fuera de las sábanas.
—¿Un súper poder?
—Sí. Duermes tan bien y tan profundo que tu mente se va de vacaciones muy lejos. Y dentro de tu barriga, hay un pequeño encargado. Vamos a llamarlo… El Vigilante del Grifo.
Esa noche, antes de dormir, el papá de Leo se unió a la conversación mientras le ponían unas sábanas limpias y frescas.
—Leo, imagina que tu cuerpo es como una gran fábrica mágica —explicó su papá—. Durante el día, el jefe de la fábrica (que eres tú) está despierto y controla todo. Si tienes ganas de hacer pipí, el jefe dice: “¡A correr al baño!”. Y tus piernas obedecen.
—Pero de noche —continuó mamá—, el jefe (tú) se duerme profundamente. Y dejas a cargo al Vigilante del Grifo. El problema es que tu Vigilante es todavía un poco pequeñito. Es un aprendiz. Y como tú duermes tan a gusto… ¡al Vigilante también le entra sueño!
Leo se imaginó a un pequeño hombrecillo con uniforme y gorra, dentro de su barriga, roncando abrazado a una gran palanca roja que decía “CERRADO/ABIERTO”.
—Entonces… ¿el Vigilante se duerme en el trabajo? —preguntó Leo, empezando a verle la gracia.
—Exacto —dijo papá—. Cuando el Lago de la Luna (que es donde se guarda el pipí) se llena, debería sonar una alarma. ¡Ring, ring! Pero tu Vigilante está tan dormido, y tú estás tan lejos en el País de los Sueños, que nadie oye el teléfono. Y entonces… ¡chof! La compuerta se abre sola para que el lago no explote.
—¿Y cuándo va a aprender el Vigilante a despertarse? —preguntó Leo, preocupado.
—Ah, esa es la cuestión mágica —dijo mamá besándole la frente—. No se puede enseñar con prisa. El Vigilante crece a su propio ritmo. Un día, sin que te des cuenta, será un poquito más mayor y más fuerte. Y cuando suene la alarma del pipí, él se despertará, te tocará el hombro en tu sueño y te dirá: “¡Eh, Leo! ¡Despierta! ¡Hay que ir al baño!”. Pero hasta que crezca… solo debemos tener paciencia.
Esa explicación hizo que Leo se sintiera mucho mejor. No era su culpa. ¡Era culpa del pequeño Vigilante dormilón!
Decidieron hacer un plan. No era un plan para “secarse” mágicamente, sino un plan para ayudar al Vigilante.
- La misión del agua: Leo intentaría beber mucha agua por el día, pero un poquito menos justo antes de ir a dormir, para que el Lago de la Luna no se llenara tan rápido.
- El viaje final: justo antes de leer el cuento, Leo iría al baño. “¡Vacíen los tanques!”, gritaba papá.
- El Kit de rescate: si había un accidente, no pasaba nada. Tenían pijamas secos listos y una funda especial en el colchón que parecía magia porque no dejaba pasar el líquido.
Esa noche, Leo se acostó. Cerró los ojos y se imaginó su interior. Se imaginó el Lago de la Luna, tranquilo y quieto. Y se imaginó al pequeño Vigilante, sentado en una silla al lado de la gran palanca.
—Intenta mantenerte despierto, amigo —le susurró Leo a su propia barriga—. Pero si te duermes, no pasa nada. Ya aprenderemos.
Y Leo se durmió.
Soñó que volaba sobre dragones verdes. Soñó que comía helados gigantes que nunca se derretían. Y, en medio de la noche, el Lago de la Luna se llenó.
Dentro de Leo, la alarma sonó bajito: bip, bip, bip. El pequeño Vigilante abrió un ojo, bostezó, se rascó la cabeza… y se volvió a dormir. Chof. La compuerta se abrió.
A la mañana siguiente, Leo estaba mojado otra vez. Pero esta vez, no se escondió. Fue a la cocina, donde sus padres hacían tortitas.
—El Vigilante se durmió otra vez —anunció Leo, sin vergüenza.
—Ese dormilón… —dijo papá pasándole una toalla limpia—. Bueno, pongamos la lavadora. ¿Quieres tortitas con forma de estrella o de corazón?
Pasaron las semanas y los meses. Leo dejó de preocuparse. Sabía que, en su clase, seguro que había otros niños con Vigilantes dormilones, aunque nadie hablara de ello en el recreo. Era un secreto de club. El “Club de los Vigilantes Sueño-Pesado”.
Y entonces, una noche cualquiera, ocurrió algo diferente.
Leo estaba soñando que jugaba al fútbol con unos pingüinos. De repente, en medio de su sueño, oyó una voz lejana. O quizás sintió un toquecito en el hombro.
—¡Leo! ¡Psst! ¡jefe!
Leo abrió un ojo en la oscuridad de su habitación. Todo estaba en silencio. Bigotes dormía a sus pies. Pero Leo sentía algo. Sentía una presión.
—¡El Vigilante! —pensó Leo, todavía medio dormido.
Se levantó tambaleándose, como un zombi amable, y caminó hacia el baño. Hizo pipí. Mucho pipí. Tiró de la cadena y volvió a la cama. Las sábanas estaban secas y calentitas.
A la mañana siguiente, Leo entró en la cocina con una sonrisa que le ocupaba toda la cara.
—¿Adivinad qué? —dijo Leo—. ¡El Vigilante me ha despertado! ¡Me ha dado un codazo en el sueño!
Sus padres aplaudieron. Hubo fiesta de tortitas extra.
Pero la historia no termina ahí. Porque la noche siguiente, el Vigilante se volvió a dormir y Leo se mojó. Leo se sintió un poco decepcionado. —¿Se le ha olvidado ya? —preguntó.
—No, cariño —dijo mamá—. Es como aprender a montar en bici. A veces pedaleas genial, y a veces te caes. El Vigilante está practicando. Unas noches acertará y otras fallará. Hasta que sea un experto, como tú.
Y tenían razón.
Poco a poco, el Vigilante empezó a acertar más veces. Primero, Leo amanecía seco una vez a la semana. Luego, tres veces a la semana. Hubo una época en la que estuvo seco un mes entero, y luego ¡zas!, un accidente en la noche de Navidad. Pero a Leo ya no le importaba. Simplemente se cambiaba, echaba el pijama a lavar y seguía con su vida de experto constructor de torres y capitán espacial.
Leo aprendió que su cuerpo era sabio, pero que tenía su propio reloj. No podía obligar a sus dientes a salir antes, ni a sus pies a crecer más rápido para que le cupieran las zapatillas de su hermano. Y tampoco podía obligar a su vejiga a madurar en una sola noche.
Un día, cuando Leo ya tenía nueve años, se dio cuenta de una cosa curiosa. Hacía mucho, mucho tiempo que no tenía que cambiar las sábanas. El protector del colchón estaba aburrido de no hacer nada.
El Vigilante del Grifo había crecido. Ahora era un profesional. Un experto. Se quedaba de guardia toda la noche, con los brazos cruzados, vigilando el Lago de la Luna. Y si hacía falta, despertaba a Leo. Pero la mayoría de las veces, el Vigilante era tan fuerte que simplemente le decía al Lago: “¡Aguanta! El jefe está descansando. Esperaremos a la mañana”. Y el Lago obedecía.
Esa noche, Leo se acostó en su cama seca y cómoda. —Gracias, compañero —susurró a su barriga.
Y durmió. Profundamente. Felizmente. Sin miedo a las tormentas ni a los lagos desbordados. Porque Leo sabía que todo, absolutamente todo, llega a su tiempo. Incluso mantenerse seco en el país de los sueños.
Y colorín colorado, este cuento seco (y a veces mojado) se ha acabado.
Pequeña guía para los padres y el niño/a después de leer el cuento:
- El mapa del cuerpo
Podéis dibujar juntos al “Vigilante”. ¿Cómo es? ¿Tiene un gorro? ¿Es un animalito? Ponerle cara hace que el problema sea algo externo al niño, algo que pueden “entrenar” juntos, quitando la culpa.
- Sin presiones
Recordad la frase del cuento: “Es como aprender a montar en bici”. A veces se cae uno, y no pasa nada. Se levanta y sigue.
- El equipo de limpieza
Normalizad el cambio de sábanas. Hacedlo juntos, sin quejas, como una misión rutinaria de un equipo de astronautas reparando la nave.
- Paciencia
La mayoría de los casos de enuresis se resuelven solos con la maduración del sistema nervioso. Este cuento es solo un abrazo en forma de palabras para hacer la espera más dulce.
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CRÉDITOS Y AVISO LEGAL
Autor/a: Ángeles Ruiz Vázquez
Asistencia de IA: este cuento ha sido creado con la asistencia de modelos de Inteligencia Artificial como herramienta de apoyo en la generación de texto, vídeo y música.
Licencia de Uso No Comercial:
Esta obra se publica bajo la licencia Reconocimiento No Comercial – Compartir Igual (CC BY-NC-SA). Por lo tanto, su uso es estrictamente divulgativo y no comercial. El uso y la difusión de esta obra para fines estrictamente divulgativos y no comerciales están permitidos, siempre que se reconozca la autoría. Queda prohibida su reproducción, distribución, o modificación con cualquier propósito comercial o fin de lucro.